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Fui a la Iglesia del Hospicio San José, para oir el sacrificio de la misa. Imagínate, no puedes creer, cuanto he sufrido. El altar, los graves sonidos del órgano, Los melodiosos cánticos de los huérfanos... En fin, todo lo divino que existe en el templo, Parecía hablarme de mi padre, evocándome el pasado. Donde mi alma casta, embriagada con el cariño tierno de mi padre, Esperaba ansiosa el momento de encontrarme, Entre sus cariñosos brazos, Para acariciarle suavemente y posar mis labios, Sobre su venerable frente, dulce, leve y silenciosamente... Misteriósamente me encontré en éxtasis, Donde parecía vagar mi alma de blanco vestido, Llevando consigo lo que poseo de triste desconsuelo; Confundida entre la fragancia del incienso, Y el suave perfume despedido de las azucenas. Ahí estaba Dios, surgiendo entre el candor de nubes, En su frente amplia dibujábase imponente diadema, Su rostro reflejaba bondad, sus ojos llenos de piedad, Vestía regio manto y túnica de púrpura, el color; Circuirle ángeles de rosadas alas y reflejos de oro, Mientras que perfumadas brisas traian ecos de concierto. Como negra nube germinaba en mi mente, El cuadro glacial del "Postrer momento", De la existencia de mi inolvidable padre. El labio tiembla al quererla exhalar, Y surge tenuamente entre ahogados suspiros: ¡Dios mío, y mi padre? A la realidad, alcé los ojos suspirando; Al frente se levanta el Altar Mayor, Al centro destacábase vistosamente Cristo, Circundado de focos eléctricos de tembloroso fulgor, Lirios desmayaban en búcaros, como soñolientos querubes; El humo del incienso suavemente mimaba el Altar, Mientras agonizaban los últimos preludios del organo, Y en la triste Iglesia moribundos los cánticos sagrados, Volaban hasta el cielo... |
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Cuando la luna vaga cautelosa, En diáfano espacio, Ungiendo con luz ambar, los seres y las cosas. mi alma y el alma del paisaje, pensativos de apacible tristeza se revisten... El espíritu divino de sus horas, circula sutil en la semioscuridad, Y parece que tomaran las manos de mi espíritu; Luego mecidas en ritmo divino, Caminan, caminan cadenciosamente, En el reino del Silencio. Leve resonancia saumada en incienso, Acaricia mi ser, con alas de seda, Bajo la lumbre vaga de exóticas pupilas. Mi espíritu fatigado de toda realidad, Descanso encuentra en su regaso silente; Bebiendo afanosa de su boca extraña, Nectar de suprema quietud; Afanosa de olvidar su prosaico vivir, Encanto de noches ignotas; ¿Cómo no amarte? Ropaje de noches misteriosas, Yo ansío, aguardo, Como palomita mansa, Tus mantos compasivos, Desplegarse ledamente, Sobre las inmaculadas Flores de mis sueños místicos. Confortarás el cielo de mi alma, Luz serás, con tu esplendor; deslizarás,la penumbra de mis días; Tus galas me mostrarán cielos de ventura. De noches sombrías, ¡ven, ya te aguardo!. |
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Penetraba la luz pálida de la luna, Dando al teclado reflejo de mística luz; En un búcaro se extinguía una flor. Su cabellera blanca, bañada por la luna, Daba un marco resaltante a su venerable rostro, Yo la contemplaba, inspirábame respeto su silencio. Como un misterioso lago sin cisnes. Un cielo sin estrellas, O una existencia sin ensueños. Con un preludio de acordes; Parecía haberla despertado de su éxtasis místico, Donde su alma dolorida buscaba la protección divina. De la sonata Claro de Luna, del sublime Beethoven; Mi madre emocionada escuchaba, mas algo muy bello moría en su alma enferma. Se entristecía la luna, lloraba el piano; Madre mía! tu silencio martiriza mi alma dolorida, Embriagándola con aroma de tristeza. Tu alma enferma, tu ensueño muerto; En tu frente pálida como el nardo, Diseñábase una aureola de angustia. De tus trémulos labios brotaban suspiros, Tu mano me bendijo, Luego escuché un vago adios Penetró lo más recóndito de mi corazón, Mi alma guarda este postrer adios, Con santo fervor. Caí en árida orfandad... Al levantar mis ojos, el cielo estaba gris, Sus oscuras nubes me anunciaban, Mi porvenir glacial. Desapareció la estrella luminosa, Que guiaba mi incierto caminar; Quedé en noche lóbrega ¡Sin Madre! |
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A LAS DAMAS ORUREÑAS Distinguidas damas: Me honro al constituirme en heraldo del Club del Libro Nº 14 de la Asociación Cristiana Femenina, de la ciudad de La Paz y ofrecer mi reverendo saludo en éste significativo día, donde se conjuncionan nuestras almas por el divino destello de un común ideal: El libro. Congratulo y auguro a esta pleyade de Damas, que han hecho del Libro, su escudo y de la Pluma su lanza: os contemplo erguidas como una sucesión de poemas épicos con los ojos y el corazón hacia el ideal, nada amengue en adelante en magnitud de lo porvenir y siempre entonemos juntas, poemas de paz y progreso para nuestra amada Patria. Justo es pués, vibre vuestro
corazón al unísono con los nuestros y sintamos
la sagrada enseñanza de la Fe en nuestro ideal: El heraldo cumple su misión de ofrecer el rendido homenaje del Libro Nº 14, de las hijas del majestuoso Illimani. Oruro, 26 de Marzo de 1966. |
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Tus hijos corazón de América; Justicia claman! De injusta ausencia. Impulso indómito de arrullarnos en olas, Irresistible encuentro con cautiva azul. Escuchad vecinos, hermanos del mundo oid. Ecos de metálico timbre, Llevando hasta confines de diáfano azul... |
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Amargo lamento estrujando mi ser; Es el llanto de mi madre, Taladrando mi alma está, Y vivo sin poder soñar. De tu llanto el eco no puedo olvidar; Desde mi infancia anhelé, Verme en tus ojos azules, Las lágrimas anublan tu mirar. Ropaje raido cubre tu ser, Mas cojín de oro es tu sitial; Vampiros apasionados, De tu vid nutriéndose estan... Do mi aposento circundan; Preludia el viento un miserere, Murmurando audible verbo: El hermano Caín, por usura la cegó. |
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Un pueblo erguido y sin temor; Uno de fuerza y de piedad. Un pueblo libre de la opresión, Que alegre canta su salvación. Y volvamos a Dios. Levantemos nuestras manos al Señor Y volvamos a nuestro Dios. No hemos sido consumidos, Porque nunca decayó su bondad, Nuevas son cada mañana, Si, nuevas son cada mañana, Y muy grande su fidelidad. |
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En la calma de una noche oscura, Luz inundó el mundo, Un ángel rompió el silencio, Anunciando con voz de seda: ¡"El Salvador ha nacido en Belen"! El mundo estremecido, Escuchó himno angelical: "Gloria a Dios en las alturas, Paz en la tierra y buena voluntad, Para con los hombres". Las brisas viajan llevando los ecos, De misterioso canto, Más allá se pierden, Y renacen en los confines, oidos que oyeron no escucharon, Ojos que miraron, no vieron. Todos nos descarriamos; La humanidad se debate con ardor, En el reino desolado, Unos con otros en ambicioso rencor, De todos los ángulos, Emanan rumores de ¡Ayes! Varones, mujeres, niños, ancianos, Gimen adoloridos: paz, paz, paz. Preciso es buscar el camino; Acabe de esta tierra la opresión, El mundo entenebrecido clama: Dios nuestro danos tu paz! Innunde nuevamente tu luz; Corazones entonan profética canción: "Gloria a Dios en las alturas, Paz en la tierra y buena voluntad, Para con los hombres" Danos luz y paz, porque tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria. Amén |
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El sol sonreia sus aureos rayos, Diluía oro sobre la tierra. Una brisa perfumada, Acariciaba el ambiente, Trayendo música angelical, Varones, mujeres y niños, A los caminos descendían, Alegres y bulliciosos, Al encuentro del "Hombre". Nada bueno puede dar Nazaret. Un anciano en voz alta pregonaba: Es un gran Profeta, Este es el enviado de Dios; Es la hora esperada, El momento divino nos ha llegado! De aspecto dolorido y semblante pálido, Me atrajo su mirada melancólica; Iba yá a interrogarla. De pronto se oyó un murmullo, Era un tropel de gente, Acercándose por el camino. Un "Hombre" de porte inconfundible, Imponente su varonil postura, Llevaba la cabeza descubierta, Su rostro tostado por el sol, Las mejillas sonrosadas reverberaban; Sus cabellos hasta los hombros, Terminaban en bucles; Llevaba barba poco espesa, Concluyendo en dos puntas; De su ser emanaba excepcional potencia; Ligeros y suaves eran sus modales. Arrastrándose como pajarito, Herido y fugitivo. Yo la seguí sin perderla; En medio de la muchedumbre, Presta tocó ella el borde del manto de Jesús, ¡Yo ví! y yo, también toqué... El se detuvo - ¡Quién me tocó? Su voz dulce y vivificante, Saturaba el corazón humano, De ansiedad y esperanza, De su ser brotaba amor y ternura. Y en suspenso quedamos todos, Como si un hálito sutil, Acariciara nuestro espíritu, De quietud suprema. Maestro, no ves tanta gente, Que te aprieta y oprime, Y Tú dices ¿Quién me tocó? Cristo dice;"Alguién me tocó, Virtud emana de mi ser"! Diciendo: Yá me sanaste Señor, ¡ alabado seas! Jesús levantando sus manos le dijo: Hija, tu fe te ha salvado, Vete en paz, y nos bendijo a todos; Alejándose rodeado de inmenso gentío. Y caí en divino extasis, Donde mi alma sentía, La luz de su glorioso Espíritu; Volví a la realidad, no sé cómo, Estabamos abrazadas las dos, Sonreimos al mirarnos. De color radiante; Su cuerpo se enderezaba, Brillaban sus pupilas, Llenas de optimismo, me dijo: María Elisabet es mi nombre; Fariseo fué mi padre, Consumí mi patrimonio, En médicos, magos, Curanderos y brujos; Doce años padecí flujo de sangre, ningún poder humano pudo salvarme, Consumiéndome sin esperanza; Emprendí el viaje, Caminando llegué a su encuentro, Segura de ser sana y salva; Al fin pude ver al Maestro, Y ya estoy sana ¡Gracias a mí Señor! ¡A brotado el reino de Dios! Yo voy en pos de El! No quiero perder sus huellas, Al oir su voz, un mensaje Sin palabras a escuchado mi espíritu. Dios se ha manifestado! Ha renacido el milagro de ser "libres", Vibrando estoy, dicha inefable, Es la hora de la prueba, Voy hacia la "Verdad". María Elisabet, hasta vernos!... |
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Jerusalén la magnífica se ostenta, Destacándose como encanto divino, Entre las montañas que la circundan. A sus ojos se ofrecía, La ciudad y el Santuario, De aspecto impresionante, Bellísimo, de encanto sugestivo. Tuvo visión profética, De cabal conocimiento, La suerte que le esperaba, A esta grandiosa Ciudad; Y lloró...lloró...lloró, sobre ella... Seguido de sus discípulos, Dirigiose hacia el Templo. Su mirada abarcó toda la escena, Divina luz, iluminaba su rostro; Vió el atrio convertido, En una feria vulgar. "Mi casa será llamada, Casa de oración para todos los pueblos". Y tomando en sus manos haz de cuerdas, Levantó en alto sin tocarlos; Destello de fuego parecía. Atraidas hacia El. Los traficantes despavoridos, Huyeron del Templo, Los atrios quedaron libres, De todo tráfico profano. Y príncipes del Templo, Hacia la puerta de escape, Para no ser vistos, llevándose, Condenación de la presencia de Jesús. Jesús era el Ungido del Señor; Ellos poseían los rollos sagrados, Que describe su misión, de Mesías enviado de Dios; ¡Temían declararlo! La purificación del Templo era, Manifestación de un poder más que humano. A los hombres que huían, Compadeciéndose de su temor E ignorancia. Con voz quebrada por el llanto, Con una compasión, Que superaba a una madre, decía: "No temais yo os libraré, Y vosotros me glorificaréis, Por esta causa vine al mundo"... Simbolizada la dispersión, De toda la nación Judía... |
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Reclinaba gloriosamente, La cabeza en el pecho, Del divino Jesús. Impregnó en su rostro y corazón, Algo sublime emanado, Del amado Salvador. Escribió una misiva, A electa madre y sus hijos, decía: "Regocijado estoy en gracia y amor, Vi tus hijos andando, En vía de verdad, En el mundo, caminando". Tambien se asocia a toda madre, Ella es la excelsitud sublime, A esculpir la personalidad de sus hijos. En sus manos posee la arcilla, Todo ensueño emanado del corazón, Para modelar el espíritu de sus hijos. Serán reflejo de su madre, Y a la autora de sus días, Brindarán sus galardones plenos... |
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La aurora desplegaba, Sus galas purpúreas, Inundando luz deslumbradora, Los astros siderales pregonaban, Pronósticos de redención; Angeles entonando melodías nuevas, Las aves cantando, Revoloteaban en el espacio. Los montes salmeaban, Himnos de alabanzas; Las aguas marinas, Coreaban preludios. El Todopoderoso envió, Al ángel Gabriel en un mensaje glorioso, A Nazaret de Galilea, Llegando al aposento, De una virgen llamada María, En lenguaje divino la saludó. ¡Dios te guarde! Es contigo el Señor, Tú, bendita entre, Las generaciones todas. un ángel al ver ante ella, Con salutación tan celestial, El mensaje María no entendió, En su corazón discurría: ¡Esta salutación!¿qué puede ser? Mas el ángel Gabriel, Al ver su turbación le dijo: "María no temas, en Dios, Has hallado favor, El Espíritu Santo vendrá sobre tí, Y la virtud del Altísimo, Se proyectará en tu ser, Por tanto darás a luz un Niño, Hijo de Dios será llamado, Y, le nombraras Jesús. En el Trono Celestial para siempre". He aquí, yo soy la sierva Del Altísimo; Hecha sea en mí seguir, Su Palabra, Después de dejar el magno, Mensaje profético, A María, la adolescente tan Maravillosamente santa, Y Dios se hizo carne, Para redimir al mundo... Las bellas palabras de Gabriel, Llenas de bendiciones, Y maravillosos anuncios, Y, ser motivo de tan Alta investidura, Toda temblorosa, de rodillas cayó, Entrando en oración, Adorando y dando gracias, Al Dios Todopoderoso. Con la designación, De hacerla Madre del Salvador, A María, criatura privilegiada, El espíritu femenino, Fue nuevamente sublimizado, Por designio e inspiración, Del Sublime Omnipotente. Admirables dones de su divinidad, Siendo fuente de amor, Santo y providencial, Poseida de gran fe en el bien, de dirigir y hacer el hogar. Es la torre de marfil, Donde anida el amor y abnegación, Para el esposo y los hijos. La arcilla divina, Para amoldar el caracter, Y el espíritu del amado hijo, Ante los destinos futuros, Designados por la Providencia. Mantener vivo el fuego, Sagrado del amor, y hacer gloriosa, Su misión en el mundo, Como Soberana Esposa, Y Madre del Hogar. |
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por un sendero montañoso, Saliendo de Jerusalén, hacia una aldea llamada Emaús, Estaban inménsamente tristes. Descorazonados, sin esperanza, ni fe; Las mejillas empapadas en llanto; El deseo único, llegar al hogar, Llorar, meditar y orar... Cerca de ellos, llegose un hombre, Sin dejarse sentir, y les dijo: ¿Por qué vais tan desolados y llorando? Cleofas el más joven le respondió: Tú solo peregrino eres en Jerusalén, Cruzaste media ciudad doliente. ¿Cómo no lloras de los grandes Acontecimientos sucedidos? La tierra temblaba, Las piedras partidas están, "El lirio de Nazaret" Cristo Jesús varón perfecto, Poderoso en obra y palabra, Ante Dios y todo el pueblo. ¡Nuestros príncipes de los sacerdotes! Le entregaron a condenación, De muerte y crucifixión, Mas nosotros esperábamos, Que El iba a redimir a Israel, De opresores y Romanos liberarnos. Oh insensatos, hombres duros de corazón, Y poca fe, acoordaos de todo lo que Los profetas han dicho desde Moisés; Así está escrito y era necesario que, El Cristo padeciera y resucitara De los muertos y entrar en su gloria. Que no observaron en la persona, Que les hablaba y acompañaba. Al llegar a la aldea, el extraño, Hizo de ir más adelante, Ellos le detuvieron, Amorosamente y le dijeron: Quédate con nosotros, es tarde, La noche va cerrando sus mantos. Le sentaron a la cabecera, Estando los tres en la mesa, El extraño tomó el pan y alzo sus manos, bendiciendo y partiendo les dió. De ambos, exclamando a la vez: ¡Es el Señor Jesús! ¡Ha resucitado! Presto se levantaron para adorarle. ¡Cristo desapareció!. Llevemos ésta buena nueva, A los apóstoles y discípulos, Digámosles; ¡Cristo ha resucitado! ¡Vive!¡Vive! ¡El Salvador! |
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Matanza hizo de niñitos inocentes en Belen; Antes, la Sagrada familia huyó a Egipto; El niñito Jesús salvo estaba... Un ángel lleno de espendor, Llegose ante la Sagrada familia, Y dijo: José toma a la madre y al niño, Vuelve a Israel, desaparecido Herodes es. Pensó en un lugar seguro, Pués el hijo del malvado reinaba; Para Jesús, volvamos a Nazaret, Aldea montañosa, desairada, Habitada de gente pobre y sencilla. Para inculcar al niño, De los rollos de Moises, Jueces, Reyes y Profetas. María mediante el Espíritu Santo, Recibió sabiduría, para que el niño, De labios de ella y sobre sus rodillas, Aprendiera cosas sagradas; La madre gozaba del niño, Mas de sus reacciones divinas, Guardaba en su corazón. Pasó infancia y juventud, En despreciable aldea: Nazaret de Galilea. Creciendo en sabiduría y en estatura, Y en gracia para con Dios y los hombres. |
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La brisa acaricia el ambiente de suave perfume, Una silueta se desliza por un sendero, Se dirige al bosque, desaparece entre arbustos. La silueta va al encuentra del Ser Supremo, Se confunden en infinitos destellos: Dios e Hijo, Entre las sombras de tupidos árboles; Mientras la pequeña Nazaret aún duerme. confecciona enseres de uso hogareño. María, la santa, prepara alimentos; Presto llegará su hijo Jesús; Al bosque es ido, en busca de madera, Para las obras de su padre y las suyas. Trayendo sudoroso, trozos de madera, Jesús alegre, ofrece a su padre, Sonriente y callado, agradece José. Pasan contentos, al aposento continuo; Mientras José da gracias por el alimento, El joven Jesús, rememora el encuentro con el Creador. Un hogar humilde en un pequeño pueblo, Sin ninguna importancia para su tiempo, Del joven que resulta ser. La Luz del Mundo. Levántate, anda en esa Luz que es: Victoria, Paz y Gloria. La Paz, Enero de 1980. |
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Matilde Valenzuela de Rivas Madre, esposa y abuela. Homenaje a la muerte de Matilde Valenzuela de Rivas
Alma Grande de Matilde. En el
fondo de los corazones hay silencio y en fondo del silencio;
se oye un nuevo canto a la vida. En silencio. Si no los quieres ni obedeces a tus padres, ni amas a tus hermanos, amigos y vecinos; no puedes ser patriota. Si no cumples las leyes de tu Patria, no obedeces a las autoridades, ni pagas tus impuestos y tus deudas, no puedes cumplir los mandamientos de Dios; de modo que no eres hijo de Dios. |